11 POEMAS EN LA VOZ DE ILARGI (LUNYTA)

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30 de mayo de 2009

CELOS DE LA LLUVIA


Fue en su primer encuentro, Aitziber había asistido en silencio y oculta a los ojos de todos, al concierto de Christopher, al terminar, él se atrevió acercarse para hablarle. Ella bajó la mirada, pero no cesaba de sonreír, ambos sabían lo que estaba a punto de pasar. Llevaban conversando por el chat desde muchos meses antes. Todo era cuestión de tiempo, de valentía, y él había decidido ser valiente al fin. Al principio sólo la saludó, ella le devolvió el saludo tan tímidamente que apenas se escuchó, él quedó prendado por el sonido casi nulo de su voz. Finalmente le dijo:

-- Acompáñame, por favor. -Aitziber, como hipnotizada, le siguió.

Se alejaron de la multitud y caminaron en silencio por las calles vacías, el rumor de la noche les servía de lazarillo, Christopher la toma de la mano, ella, en un principio asustada, la apartó instintivamente, pero acto seguido la apretó con fuerza como para que no se le escapase. Así transcurrieron unos minutos sin tener muy claro lo que estaba ocurriendo, aunque ambos lo sabían.

Llegaron a la puerta de un sencillo hotel, pagaron una noche y subieron a su cuarto. Ninguno hablaba, sólo los ruidos que ellos mismos producían contrariaban al silencio. Quizá sus corazones acelerados por la duda, resonaban desde el fondo de su memoria, pero nada más.

Volvieron a la quietud de sus miradas, una sombra de duda cruzó la mente de Christopher, dio un paso hacia la puerta, ella se quedó mirándole, pero él decidió no abrir, no salir, se acercó a ella y la abrazó vivamente. Aitziber se giró y le besó en los labios, vivió en sus labios por un momento, y en ese instante supo a qué sabía el amor. El amor sabía a los labios del hombre que amaba.

Continuaron besándose hasta caer torpemente sobre la cama. El colchón era demasiado blando, demasiados años, demasiado uso. Pero no sentían más que la pasión que se adueñaba de sus cuerpos jóvenes y desconocidos. Hicieron el amor por primera vez en sus vidas aún por vivir.

Tras eso durmieron abrazados durante unas horas. Christopher despertó antes, y comenzó a jugar con la oreja de ella, a besarla, a mimarla, acariciando su pelo, recorriendo todo su cuerpo. Aitziber se despertó sonriendo por el cosquilleo de los dedos de su amado. Le recordaba a cuando de niña jugaba con su hámster paseándolo por su cabeza.

Se besaron, continuaron acariciándose, hicieron otra vez el amor, estaban exhaustos, el sabor del amor en este segundo momento era diferente al primero, igual de dulce, pero más intenso.

Salieron a cenar. Cuando eligieron un sitio comenzaba a llover.
Fue en un restaurante modesto pero distinguido, quedaron satisfechos, aunque apenas probaron bocado de lo que habían pedido, sus pies se tocaban por debajo del mantel, y la exhibición de su pasión parecería obscena de no ser por su pureza. Christopher la fue abrazar, pero apareció el camarero para traer el café. Aitziber tenía que tomar su medicina pero se le había olvidado, el camarero le indicó que cerca había una farmacia de guardia, continuaba lloviendo, él le dijo que no se mojase, que podía volver a enfermar, ella asintió con la cabeza y salió del restaurante Christopher la siguió con la mirada mientras la veía partir. De repente un escalofrío hizo presa su cuerpo, una sensación de pánico lo tomó.

Se levantó, dejó mucho más dinero del necesario sobre la mesa y corrió tras ella. La vio tapándose de la lluvia con las manos, se acercó presuroso hasta su lado y le tapó la cabeza con su chaquetón negro.

-- ¿Qué haces aquí amor mío?
-- Tenía celos del aire que golpeaba tu cara, tenía celos de la lluvia - dijo con la voz ahogada en sentimientos inexplicables.
-- ¿Cómo se puede tener celos de la lluvia?
-- No lo sé, pero los tengo.

Aitziber comenzó a alimentar la lluvia con sus lagrimas y agarrando la cabeza de su amado, lo besó, y lo besó, cayendo el chaquetón al suelo, lo pisaban pero no se daban cuenta, el tiempo se había detenido para ellos y el espacio nunca existió. Llegaron en una hilera de caricias hasta la habitación, para volver a hacer el amor.

Tal como ambos supieron que algo existía, también se dieron cuenta en el crepúsculo mismo de su amor, que jamás volverían a verse, él regresaría a su casa, con su familia y ella a la soledad de su vida. Siguieron hablando durante años, él vio crecer a sus hijas, las vio casarse, fue abuelo. Ella, siempre fue fiel a ese amor a distancia, porque habían conocido lo que es ser amada, habían conocido lo que era el amor.

Muchos años después, el destino les tenia preparada una sorpresa, la de envejecer juntos... y volvieron a amarse como se amaron aquella primera noche.



5-10-2005 -Ilargi